¿A donde van los abrazos que nos perdemos?

La pandemia está produciendo un daño emocional incalculable en las personas de edad más avanzada al provocarles un miedo real por su vida y un gran dolor por no poder disponer del tiempo que les queda de existencia para disfrutar de maravillosas cosas pequeñas y habituales, realmente imprescindibles. Como los abrazos que se dejan de dar a las amistades o a los nietos. Porque, en la actual situación, no hay certidumbre de que lo podrán hacer el año que viene.

Cuando resulta muy patente que el tiempo de vida es finito, perder un año tiene un valor incalculable. Un año sin poder disfrutar de los colores, olores y sensaciones de la primavera por estar confinados, de los encuentros y vivencias con la familia o amigos en los días largos del verano por las obligadas precauciones, de las visitas a personas queridas ingresadas en residencias o de las citas imposibles entre personas mayores para pasar el rato con la duda de si el encuentro será de nuevo posible. ¡Y qué decir del triste panorama que se presenta con un Otoño que no podremos apreciar en el monte o con las dificultades para celebrar las reuniones familiares en la próxima Navidad!


Las incertidumbres provocadas por el virus, el cambio radical de hábitos y las restricciones que acompañan a la pandemia de la COVID-19 provocan un estado de ansiedad y angustia a la sociedad. Además, hay sectores en la población joven que, habiendo interiorizado que el virus no les afecta en igual medida, no acaban de aceptar renuncias temporales a su modelo de ocio. Pero  no deberían olvidar los efectos tan negativos que provocará un contagio prolongado en sus proyectos personales y en la salud de sus mayores.

Esta crisis amenaza la salud física y psíquica de las personas, los empleos y negocios, la economía del país, las relaciones familiares y sociales, el disfrute del ocio y la vida cultural. Y, sin duda, afecta a aspectos de la libertad personal que se ve sometida a restricciones y sacrificios necesarios en el marco de un estado de alarma para salvar vidas.

Pasamos por una emergencia inimaginable hace ocho meses. Son muchas las razones por las que la ciudadanía exije a quienes estamos en política un acusado sentido de responsabilidad y empatía social, medidas eficaces acordadas con rigor, comportamientos éticos y la defensa coherente del interés general, dejando aparcado el sectarismo partidista. A su vez, también es imprescindible reclamar a la sociedad una actitud de responsabilidad, solidaridad y disciplina colectiva para luchar juntos contra esta pandemia.

No vivíamos antes en un mundo feliz, ni justo ni igualitario. Pero la nueva realidad nos sitúa en un estado de emergencia y nos vuelve a todos más vulnerables e insignificantes, por lo que deberemos prepararnos para superar como colectivo todo tipo de adversidades.

Mientras, los Gobiernos han de fortalecer la sanidad pública, aplicar medidas para salvar vidas en el marco del estado de alarma y prepararse para gestionar, con agilidad y un sistema de gobernanza, los proyectos de inversión para hacer viable la recuperación económica. 

Ahora toca armarnos de resiliencia y empatía para frenar el contagio hasta la llegada de vacunas efectivas, como un ensayo de cara a afrontar los otros retos de la supervivencia del planeta. Y no lo conseguiremos si permitimos que la antipolítica, el populismo y el trumpismo ganen la batalla del poder político a los valores de la democracia.

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

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