La batalla cultural de la izquierda, ante la ofensiva neoliberal y ultra, es defender las ideas y valores de una democracia justa.

La izquierda con sus políticas de progreso se la juega en un tiempo de retroceso de la democracia en el planeta y de avance de postulados y gobiernos neoliberales y autócratas. Estos persiguen acabar con el Estado Social de Derecho e imponer modelos viciados de “democracia autoritaria”.

En el contexto de las diferentes crisis, una pandemia que casi paralizó el planeta y, ahora, una guerra en Ucrania cuyos efectos son una inflación alarmante, la subida de precio de los combustibles y de la cesta de la compra, entre otras consecuencias, favorecen en la ciudadana la sensación de inseguridad y el desánimo.

Asistimos a una mezcla de fatiga y desconcierto entre una población, irritada por las malas noticias y la crispación política. También se constata una mayor desconfianza de la sociedad hacia los poderes, políticos y económicos, ante la complejidad de retos como la emergencia climática, la transición energética, la transformación digital y las incertidumbres que pueden condicionar los proyectos de vida y felicidad de las personas. Con este panorama se impone que la izquierda reflexione sobre qué hacer para recuperar la confianza de la mayoría social.

En el escenario español se sitúan, además, las consecuencias del disparatado proceso independentista en Cataluña que provocó, en el conjunto de España, la explosión del nacionalismo español de VOX y arrastró al PP. Sufrimos la manipulación constante que hace una derecha desleal de la indudable derrota del terrorismo de ETA en 2011 y sin que lograra ninguna ventaja política. Aún arrastramos una pandemia que, en defensa de la salud, conllevó restricciones lógicas a la libre movilidad y provocó una increíble sentencia del Tribunal Constitucional.

Por si fuera poco, debemos hacer frente a las consecuencias de una guerra provocada por Putin en Ucrania que, además del sufrimiento humano -que nos es muy próximo-, ha vuelto a poner en crisis la economía mundial.

Se dan otras circunstancias como la distorsión informativa de los medios que practican el acoso al Gobierno, la confrontación y el desprecio a los intereses generales que practican las derechas y que se proyectan en un Congreso que se queda sin espacio para alcanzar consensos, las movilizaciones sectoriales contra el Gobierno y, de nuevo, más casos de corrupción del PP cuya investigación siempre avanza con lentitud.

En este endiablado escenario, el Presidente Pedro Sánchez ha tenido que buscar el apoyo de grupos como ERC y Bildu para sacar adelante presupuestos, leyes sociales y medidas progresistas. Esto ha servido para que PP y VOX acusen a Sánchez de falta de legitimidad de su gobierno y para que, incluso, algunos votantes socialistas vean con recelo esos apoyos. Pero no había otra opción y el Gobierno de izquierdas ha actuado correctamente.

Asistimos a una tormenta perfecta que es alimentada por las propuestas económicas neoliberales y trumpistas, la actitud populista irresponsable del PP ante la UE poniendo en riesgo la obtención de los Fondos Europeos para la recuperación y los discursos de odio enmarcados en la posverdad de VOX.

Las propuestas de Feijóo tienen como bandera central la exigencia de bajar los impuestos y debilitar el Estado protector. Toda una estrategia que se apoya en la manipulación de los datos económicos y de empleo para desestabilizar el Estado de Derecho y hacer caer al Gobierno. Mientras, el PP - ayer fue Casado y hoy Feijóo - practica un blanqueo descarado de la ultraderecha. Lo confirma la entrada de VOX en el Gobierno de Castilla y León.

Estos acontecimientos marcan un periodo político en el que el Gobierno de izquierdas ve dificultada la capacidad de comunicación sobre su gestión. Así no resulta fácil poner en valor los esfuerzos continuados del Gobierno para destinar más recursos a crear una red de cobertura social para los sectores más desprotegidos frente a los efectos de la pandemia y la guerra. Tampoco es fácil un conocimiento amplio de las numerosas leyes progresistas acordadas en el Congreso. Y cuesta fijar un relato con el que mantener el liderazgo democrático de la regeneración institucional, basado (me atrevo a resumirlo) en la defensa de una democracia justa.

En este planeta convulso en el que se da la paradoja de que los enemigos de la democracia esgrimen la bandera de la libertad (será para tomar cañas), la izquierda ha de reforzar la batalla cultural que es la batalla de los principios y las ideas. Hablo de educar y hacer pedagogía sobre los valores democráticos.

Valores como la solidaridad, la igualdad y la cooperación que solo se pueden traducir en medidas sociales concretas mediante políticas fiscales claramente progresivas. Se trata de lograr una redistribución de esfuerzos y beneficios en favor de la mayoría social y para reducir las desigualdades y la precariedad. Los impuestos, digámoslo sin complejos,  son la garantía de la oferta de buenos servicios públicos en educación, sanidad, pensiones públicas y vivienda.

Seamos conscientes de que en un mundo interdependiente solo la gobernanza democrática hará posible regular los mercados de una globalización descontrolada mediante organismos supraestatales representativos. Y frente al autoritarismo y los tiranos es imprescindible fortalecer el papel de los Parlamentos nacionales con un modelo de funcionamiento abierto, eficaz, participativo y transparente.

Los partidos de ultraderecha, con la complicidad del PP, son ya una amenaza real de involución y de retroceso constitucional.

El neofascismo del siglo XXI, escondido bajo un discurso ultra nacionalista español, populista y anti europeo, disfrazado en ocasiones de antisistema, está hoy más normalizado que nunca. En especial en el Congreso cuando rechazan lo público y leyes de derechos básicos, ignoran la violencia machista, sostienen una lectura inaceptable la dictadura franquista, desprecian la memoria democrática y practican discursos de odio contra determinados colectivos y contra la izquierda.

Hoy, la penetración de las ideas neoconservadoras han llegado a trabajadores no cualificados y a los jóvenes. Esto ya pasó en Francia, Italia o Alemania, infectando cada vez a más capas de una sociedad de gran complejidad con intereses nada coincidentes con la extrema derecha y que no se posicionan en el tradicional esquema izquierda-derecha. En el debate de los valores y las ideas no se puede permitir que se imponga el discurso de la derecha más reaccionaria.

De ahí la prioridad de que la sociedad civil progresista, sus intelectuales y organizaciones, promuevan una movilización cultural en todos los ámbitos que frene los discursos involucionistas, marque la agenda temática y ponga en valor los ideales de la democracia. Al PSOE y UP les toca eliminar sus desavenencias públicas que distorsionan la gestión de gobierno y tomar decisiones con celeridad para cumplir su programa.

Los partidos de ultraderecha son ya una amenaza real de involución y de retroceso constitucional, tanto para la democracia formal como para el bienestar de la gran mayoría social que aspira a una democracia más avanzada. ¡De eso habla la Constitución!

La izquierda con vocación de gobierno, lejos de la autocomplacencia porque la rebeldía alimenta sus convicciones, sabe que la respuesta no está en campañas de propaganda ni en el marketing de laboratorio. La respuesta consiste en cumplir el programa comprometido, aplicar las ayudas de los Fondos Europeos para la recuperación económica y social, combatir prácticas políticas contrarias a la ética y reforzar la comunicación mediática y el activismo en las redes en favor de un modelo de país basado en la aspiración de una democracia justa.

 

Odón Elorza / Diputado del PSOE por Gipuzkoa

San Sebastián, 19 de abril de 2022 / Publicado en infolibre.es

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

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