La guerra en Ucrania: entre la gestión de la ansiedad y el cambio de modelo para un planeta enfermo.

La guerra en Ucrania ha puesto a prueba la coherencia y la cooperación en el seno de la Unión Europea, una prueba de fuego que los Estados van superando de momento. Mientras, la ciudadanía europea se desespera ante los efectos, las convulsiones y graves incertidumbres que provoca este conflicto. No será fácil, con el contexto que se prevé en otoño, llevar la evolución de la situación con calma y resiliencia.

Vivimos una etapa crítica para la humanidad y la vigencia de los derechos humanos. Lo digo no solo por esta nueva tragedia humana que acontece en Europa -otras guerras no han cesado en el resto del Planeta- ni por las consecuencias económicas sobre nuestra sociedad de bienestar, sino también porque en este clima bélico avanzan el pensamiento político único, la militarización de las conciencias y de la economía.

También se extiende una cierta estigmatización de cualquier reflexión crítica del proceso seguido o de aquellas posiciones que defienden la necesidad de gestiones continuas y a fondo por parte de la alta diplomacia para encontrar una salida a la guerra provocada por el tirano imperialista Putin y que los demócratas condenamos.

Pero no deberíamos resignarnos a la cronificación de la guerra. ¿El sistema de lanzamisiles Himars de alta tecnología y los cohetes antiaéreos que EEUU viene entregando a Ucrania servirán para cronificar la guerra en un empate de larga duración? ¿Provocarán una carrera de armamentos y una escalada militar que active el riesgo de guerra nuclear, más aún tras el anuncio de Rusia del empleo de misiles hipersónicos? ¿ O por el contrario los misiles Himars y otras armas entregadas a Zelenski permitirán hacer ver a Putin que debe buscar un acuerdo diplomático? En todo caso, siempre con el acero como protagonista esencial de las guerras, un material de producción importante en Ucrania.

Mientras, la inflación, que ya empezó a subir en 2021 por los efectos de la pandemia en el mercado internacional, está disparada por la guerra con el incremento de precio de las energías y los alimentos. Todo ello, pone en claro riesgo de hundimiento a la economía europea en otoño, que aún dispone de los Fondos para afrontar la recuperación económica. No olvidemos la fuerte incidencia del trigo, paralizado en los depósitos de Ucrania, en la hambruna que padece la población de los países del sur.

La Europa democrática es débil en materia de defensa y ahora más dependiente de EEUU en suministro energético y en armamento. La potencia norteamericana actúa, como siempre, en defensa de sus propios intereses económicos y geoestratégicos. Con Biden o con Trump, enfrascados en su propia lucha electoral, la guerra en Ucrania es un escenario más de su confrontación de cara a las próximas elecciones legislativas en noviembre. En todo caso, la invasión de Rusia a Ucrania ha facilitado el cierre de filas en torno al poderío de Washington, con el compromiso de todos los socios de la OTAN de incrementar el gasto militar.

No pongo en duda el posicionamiento de la UE, la OTAN y EEUU en favor de actuar para que se respete la soberanía de Ucrania, con sanciones a Rusia, ayudas económicas y entrega de armamento a Zelenski. Pero, a raíz de la Cumbre de la OTAN en Madrid y la aprobación de su Concepto Estratégico, si creo necesario reflexionar sobre la realidad de la situación y hacia dónde vamos.

El nuevo concepto/objetivos de la estrategia militar y su relato político pasan por encima de la vida de las personas, de sus necesidades y derechos básicos. Seremos muy ingenuos si pensamos, desde un punto de vista simbólico, que la función del trigo se puede imponer al papel del acero, siendo ambas producciones de importancia decisiva para la economía de Ucrania.

La revitalización de la OTAN ha conllevado señalar a Rusia como principal amenaza directa y a China como un desafío sistémico, así como acordar el rearme y resucitar los bloques. Sin embargo, no sabemos si en la Cumbre se trató a fondo la búsqueda de una solución diplomática para lograr un final de la guerra que sea suficientemente digna, segura y estable para las partes. La diplomacia tiene el dificilísimo papel de plantear las cuestiones y los términos hipotéticos de unas negociaciones que permitan un final en el que no haya aparentes perdedores. 

Deberíamos preguntarnos si alguien cree posible una derrota militar de Putin, de una gran potencia nuclear como Rusia que ya no puede ser “ganada” militarmente de manera razonable. De momento, pese a las sanciones y daños que está recibiendo, Putin ha respondido cerrando más el grifo del suministro del gas ruso a países europeos en apuros, llevando al extremo su autoritarismo y ensayando el uso de armamento más sofisticado.

Por otro lado, la acción sobre los retos de la emergencia climática y la transición ecológica se ve paralizada, cuando no retrasada por la guerra, con la vuelta a las nucleares y al uso del carbón. Porque ya sabemos que la soberanía de los Estados reside en poseer fuentes propias de energía. Europa carece de recursos energéticos para hacer funcionar su maquinaria económica. Mientras, Putin hace descansar el sueño de su expansionismo nacionalista en el poder energético de Rusia para atacar, amenazar y desgastar a la Unión Europea.Aunque Biden, meses atrás, se comprometió a tratar de reemplazar el suministro de gas ruso.

La compatibilidad entre la guerra y la democracia resulta muy complicada de lograr por no decir excepcional. Lo saben muy bien las fuerzas ultras y populistas que buscan aprovecharse del clima de tensión y desestabilización. Sucede que el disfrute y prevalencia de los valores de la cultura democrática se pueden acabar resintiendo y depreciando -también en los Estados homologados- por las duras consecuencias de una guerra. En ese contexto, dominan objetivos que se ven prioritarios como la defensa y la supervivencia colectiva ante la inseguridad y el horror.

Son tiempos de ansiedad y sufrimiento ante tantas incertidumbres acumuladas y víctimas de las crisis. Tiempos que requieren liderazgos sólidos e ideas democráticas globales para gestionar la creciente ansiedad de la ciudadanía y avanzar en un cambio de modelo para el planeta.

Una situación de alarma que exige una redistribución justa de sacrificios, esfuerzos y contribuciones fiscales por parte de los grandes poderes economico-financieros. Se requieren medidas de imposiciones fiscales para quienes obtiene grandes beneficios de la guerra y de la emergencia energética, como la Banca y las grandes empresas energéticas; también para quienes hacen negocio directo con la venta de armamento y de tecnología militar.

Estas reflexiones obligadas me surgen tras revivir la excepcional película de 1959 del director Alain Resnais, “Hiroshima, mon amour”. Una nueva versión de aquella temática sería la demostración de que la barbarie, en este caso con motivo de la guerra de Ucrania, se volvió a imponer a la humanidad.

 

Odón Elorza / Diputado del PSOE

San Sebastián, 31 de julio de 2022 / Publicado en Ethic.es el 2 de agosto. 

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

Copyright © 2014 - 2018 - Odón Elorza. Todos los derechos reservados.