Pactar supone perder la pureza.

Con la que está cayendo en este país, con tanta gente sumida en el desánimo, las incertidumbres en sus vidas y el cabreo, ¿podemos los partidos refugiarnos en nuestra pureza, ideológica o programática, para rechazar posibles pactos que pongan soluciones creíbles a los graves problemas provocados por las crisis y la pésima gestión del Partido Popular? No; debemos intentarlo sin hacer permanentemente cálculos electorales.

Sé por mi experiencia como alcalde, y tras hacerlo durante veinte años, que pactar significar cambiar de actitud para empatizar con tus previsibles socios y favorecer los entendimientos; pactar es medir las cesiones para compartir soluciones, es buscar fórmulas de aproximación y en última instancia pactar también las discrepancias para que no desestabilicen una legislatura. Pactar significa adaptarse a una sensación de incomodidad porque el programa de gobierno no es ya tu programa electoral sino que se impone el mestizaje, el reconocimiento práctico de la diversidad para sacar un país adelante.

La cultura del pacto no se traduce en un ejercicio fácil, porque lo haces con el diferente, incluso con el mayor adversario. Y en la coyuntura que vivimos se van a necesitar pactos transversales porque las coaliciones del mismo signo ideológico no suman para garantizar la gobernabilidad ni la estabilidad, ni por la derecha ni por la izquierda, salvo adhesiones contradictorias. Y ningún político coherente con sus convicciones e incluso con sus propias y necesarias utopías -que hay que tenerlas- debiera renunciar al intento sincero de buscar los acuerdos en vez de refugiarse en tacticismos y en maniobras escénicas que hagan imposible un acuerdo.

La exigencia de exclusivismos en los procesos para el logro de acuerdos, los vetos y exclusiones de unas a otras fuerzas, las líneas rojas como condición previa para algo tan elemental como sentarse a dialogar o las descalificaciones gruesas hacia quienes pretendes un acercamiento son rechazables. Y van a ser tenidas en cuenta por la ciudadanía que es la primera interesada en que los partidos sepan gestionar la voluntad democrática expresada el 20D. De cara al inmediato futuro en las urnas, el comportamiento de las fuerzas políticas, ahora, supondrá un lastre o un aval.

Pero no nos engañemos; tampoco son aceptables ni el pacto a cualquier precio, de modo que desfigure los compromisos electorales respectivos, ni mucho menos el pacto con quién no cumple con unos requisitos básicos de comportamiento democrático. Por eso, en mi opinión, la gestión antisocial de la crisis, los abusos de poder y el desprecio al Parlamento, y su responsabilidad ante la corrupción incapacitan a Rajoy y al PP para cualquier acuerdo de gobierno. Y si algunos socialistas no lo ven así de claro me inclino a pensar que o ellos o yo sobramos en el PSOE.

El proceso que ha iniciado Pedro Sánchez, contra viento y marea, es plausible y está plagado de trampas y dificultades. Pero no hasta el punto de sentenciar, como hacen sesudos politólogos y políticos que desafinan, que estamos condenados ya desde el 21D a unas elecciones anticipadas. El líder socialista tiene que acertar en la conducción de la iniciativa política; esto es, en la definición de contenidos del programa y en la composición del pacto de gobierno en claves progresistas y reformistas, así como en los diversos acuerdos de legislatura con otras fuerzas tan necesarios para garantizar la estabilidad.

Para ello, tiene que dialogar con todas los partidos y poner luego sobre la mesa negociadora -con el menor número de exclusiones- soluciones creíbles y solidarias a los problemas que tiene la gente ante la crisis, medidas radicales en favor de la regeneración y contra la corrupción, así como propuestas constitucionales de alcance para coser una España plurinacional. La comunicación hacia la ciudadanía sobre el proceso negociador y el objetivo que persigue el PSOE ha de basarse en la pedagogía y la transparencia, teniendo en cuenta que algunos medios pueden desvirtuar el mensaje. Si el PSOE no alcanza el objetivo la consecuencia será cuatro años más de Rajoy o de un sucesor contaminado.

En cualquier caso, es cierto que si el proceso negociador de Pedro Sánchez se lleva con coherencia puede traer como consecuencia la legitimación del proyecto del Partido Socialista y devolverle parte de la credibilidad perdida. Ha de servir para demostrar que, por una parte, ni participó en la gran coalición ni apoyó a Rajoy en su investidura, desmontando la permanente acusación de Podemos. Y, por otra, que intentó con empeño y hasta el final formar un gobierno con un programa de progreso para combatir los efectos de la crisis y acabar con la corrupción.

Odón Elorza / Diputado Socialista por Gipuzkoa

San Sebastián, 7 de febrero de 2016. Para publicoscopia.com

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

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