De una izquierda coherente a la izquierda mediática y narcisista.

No era lo suficientemente de izquierda y C's lo contaminaba. Eso dijeron cuando Pedro Sánchez ofreció en su investidura un Acuerdo de Gobierno con compromisos como el Plan de Emergencia Social dotado de 7.000 millones, un Plan de ayudas y formación especializada para parados de larga duración y para 800.000 jóvenes sin educación secundaria, un Plan de choque por el empleo, la inembargabilidad de la vivienda o recuperar el Pacto de Toledo para garantizar en sistema público de Pensiones. Así hasta 200 medidas de alcance social y regenerador.

Los millones de familias que siguen sufriendo el paro, los recortes, los salarios precarios y la exclusión echarán en falta muchas veces aquello que pudo hacerse. También habrá quienes se arrepientan de la inmoralidad de haber consentido, con sus votos, la continuidad de Rajoy evitando que el PP entrara en descomposición. Con el PP en el gobierno no puede haber regeneración democrática, ni firmeza contra la corrupción, ni medidas redistributivas para una salida justa de la crisis.

Pero una parte de la izquierda -alejada de las necesidades concretas de la calle- la misma que propuso a Grecia como modelo económico a seguir en respuesta frente a la presión de la troica, ha impedido que hoy estemos hablando de la aplicación de aquellas medidas. Queda claro que lo mejor es enemigo de lo bueno.

Hoy toca hacer balance y rendir cuentas. La práctica política de los partidos, ante la obligación ética de gestionar la voluntad ciudadana del 20D, no ha estado a la altura que exigía la grave situación de España y las expectativas creadas sobre el inicio de un nuevo ciclo político. Las cosas han ido a peor y hemos desaprovechado una oportunidad para que la gente que lo pasa mal empezara a recuperar la esperanza. ¿Sí se puede? No han querido.

Hemos fallado a la lógica del sistema democrático. Pero ello obliga a los socialistas a plantearnos un reto: demostrar desde mañana que se puede ofrecer un proyecto político que prioriza las soluciones creíbles a los problemas de las personas frente a la pura retórica y a los espectáculos mediáticos; que antepone la defensa del interés general a cualquier estrategia de partido o conveniencia de poder orgánico; y que nuestro discurso y práctica política guardarán coherencia en todo momento.

Resulta significativa la reclamación de Fernando Vallespin en su artículo "Decálogo de la nueva política", publicado en El País. En él pedía: "hacer prevalecer la regeneración institucional y ética sobre otras propuestas políticas más específicas; abandonar la arrogancia de la política épica y asumir la humildad de la pequeña gran política; bajar a los conflictos y problemas específicos que de verdad importan; priorizar la política argumentativa sobre el politiqueo favorecido por algunos medios de comunicación".

Era imprescindible un mayor esfuerzo en favor del diálogo y el entendimiento ante la complejidad del mapa electoral. Sin embargo, los emergentes no han aportado, en estos meses de investidura, nada de lo que presumían. Al contrario, han abundado los vetos, la intransigencia para sentarse a dialogar, la defensa de la pureza y las barreras ideológicas como algo insuperables de cara a buscar pactos. El PSOE no pedía a nadie renunciar a principios ni al programa máximo de cada cual pero sí alcanzar los puntos de encuentro.

El Partido Socialista ha rechazado la gran coalición y no ha caído en el error de pagar cualquier precio para llegar al gobierno. Pedro Sánchez ha intentado formar un gobierno reformista desde la coherencia. Es verdad que con limitaciones en los movimientos de su candidato por errores de metodología y pedagogía, así como por un conflicto interno acompañado de voces inaceptables en momentos decisivos. Pero ha desarrollado la cultura del pacto al defender un acuerdo transversal a tres bandas para romper el bloque de la derecha y para revertir las políticas de Rajoy mediante leyes básicas consensuadas.

Queríamos un cambio de gobierno y de políticas. Pero lo terrible es que en el camino descubrimos que nosotros, los políticos, no habíamos cambiado. No lo suficiente. No hemos adaptado nuestra cultura política a una coyuntura excepcional provocada por la crisis económica, política, social y por la complejidad del nuevo mapa electoral.

Acierta la filósofa Victoria Camps en una reciente entrevista al expresar que: "los partidos no saben negociar porque su interés interno se antepone al interés general que, en este caso, era encontrar una salida para formar gobierno. Creo que el punto de partida de PSOE y Ciudadanos no era disparatado. Fallaron las concesiones de los extremos. No se pueden formar coaliciones sólo con los extremos. Hay que partir del centro. Han sido los extremos, PP y Podemos, quienes han roto las negociaciones o se han negado a negociar. Ha fallado la moderación. Hay que ir con la idea de que negociar es ceder y sacrificar cosas, y que no hay pacto posible que no sea de mínimos, cuando la suma de unos y otros es insuficiente. Un pacto de mínimos deja insatisfechos a todos (partidos y electores), pero eso es bueno y es la única forma de conseguir acuerdos razonables".

Dudo mucho que Pablo Iglesias tenga propósito de cambiar de actitud a la vista de la arrogancia que muestra en la entrevista de anteayer en El Periódico: "Lo que falló fue que el PSOE no quiso salir de la jaula en la que estaba junto a Ciudadanos. Le insistí mucho a Pedro en que tenía que explorar la otra vía y le aseguré que si era presidente podría contar con mi lealtad". Sin comentarios.

 

Odón Elorza / Diputado Socialista por Gipuzkoa

2 de mayo de 2016

Publicado en El Socialista

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

Copyright © 2014 - 2023 - Odón Elorza. Todos los derechos reservados.