A Ernest Lluch, desde la orfandad política.

Salía por la mañana de aquel 21 de noviembre de 2000 del hotel de Lisboa, donde celebrábamos un congreso de ciudades educadoras, cuando recibí la última llamada de Ernest. Era para poner fecha a nuestra próxima cita. La lista de temas tenía siempre unas constantes: la situación de ETA, el diálogo constitucional, los consejos de amigo para llevar mejor la alcaldía, el próximo evento cultural en San Sebastián y La Real.

Por la noche, nos sorprendió en un bar del viejo Lisboa la noticia de su asesinato por ETA en el garaje de su casa en Barcelona. El equipo de Alcaldia, Arritxu, Txuri y yo, nos abrazamos desesperados. ETA había dinamitado el mejor puente para el diálogo.

Tuve la fortuna de conocer bien al profesor Lluch, de hablar muchas horas o mejor dicho de aprender de él y escucharle hablar de todo. Sus muchos amigos sentimos, desde entonces, una gran orfandad política. No ha sido un político reemplazable. Nadie ha alcanzado su autoridad moral, su dimensión humana, su generosidad intelectual y las ganas de saber y de buscar soluciones a los problemas, ni la sencillez de un ex-ministro que viajaba en la litera del tren. Nadie conocía mejor los problemas de fondo que aquejaban a Euskadi y Cataluña.

Trabajador infatigable, investigador, profesor humilde enamorado de la labor docente, melómano y persona de gran cultura mantenía una relación de intenso cariño con la Euskadi plural llevado por su afán de encontrar respuestas. De ahí que se atreviera, en un gesto de audacia, a explicitar la teoría de los derechos históricos y la foralidad liberal, de la mano de su amigo Miguel Herrero de Miñón, para "hacer posible una lectura y un desarrollo de la disposición adicional de la Constitución que permitiera un Pacto de Estado sobre un marco jurídico actualizado y pensado para la Europa del siglo XXI".

Lluch ejercía de socialdemócrata consecuente y de catalanista. Además, era un defensor de la Constitución de la que siempre buscaba alguna puerta para tratar de resolver el problema vasco. Defendió el Constitucionalismo útil y las posibilidades que permitía la referencia de la Disposición Adicional Primera de la CE, entendiendo por su parte que: "el derecho constitucional ha de servir para encauzar el proceso político garantizando la paz y como salvaguarda de los derechos individuales y colectivos susceptibles de entrar en conflicto entre sí y con aquellos que ejercen el poder. Conviene encontrar en la Constitución fórmulas para reconocer los hechos diferenciales que hay en España".

El profesor Lluch, el político federalista, habría advertido a tiempo y de manera tenaz a los grandes dirigentes de Estado, al mundo de la intelectualidad, a la ciudadanía catalana y a la sociedad española, sobre el riesgo de fractura en Cataluña. Lo dijo muchas veces sobre Euskadi: "la situación no se arreglará sin la práctica del diálogo político. Porque la estrategia del enfrentamiento desde posiciones frentistas, con el aislamiento de los sectores de población más moderada, no hará sino imposibilitar una salida". Tampoco habría consentido la amenaza de ruptura entre el PSC y el PSOE en esta coyuntura política.

Nos queda la memoria de otra víctima del terrorismo que, solo una vez en su vida, se exaltó en público de puro entusiasmo, en aquel acto de paz que celebramos al inicio de mi campaña en las elecciones municipales, en mayo de 1999, en la donostiarra Plaza de la Constitución. Ocurrió muy cerca de su querida librería Lagun y aguantamos la lluvia de insultos y amenazas de la gente de HB. Vivíamos días de tregua -la alimentada por Aznar- y Ernest creía que Otegi conduciría a "aquella tropa" al abandono del terrorismo. Su deseo se adelantó a los tiempos.

Creo que sentiría extrañeza, como yo, porque en el año de la Capitalidad Europea de la Cultura, el Alcalde de San Sebastián no haya promovido un gran homenaje a Lagun, librería ejemplar de "los Recalde", en su meritorio papel de defensa de la cultura para ganar la convivencia. Lagun fue un espacio de tolerancia que soportó, con Franco y con ETA, los ataques del fascismo. Otra oportunidad perdida en este año cultural de 2016.

En aquel agosto de 2000, Ernest Lluch se sentía inquieto por la intensa actividad terrorista de ETA. De hecho había pedido escolta para andar por San Sebastián pero el Gobierno del PP se la había denegado. Me lo contó y no daba crédito. ¡Malditos! Durante la cena entre compañeros que hicimos en la Semana Grande, en casa de una compañera en Egia, podíamos escuchar los incidentes de la kale borroka en el Boulevard, pequeñas explosiones, sirenas y el humo que salía de la zona. De madrugada, le acompañé en silencio con mi escolta hasta su sencillo apartamento de la calle Miramar, contigua a la Parte Vieja, y en cuya pequeña cocina sin derecho a vistas había colocado un gran espejo retrovisor que sobresalía para ver el mar. Se tuvo que marchar de Donosti al día siguiente.

Me lo imagino hoy atareado y reclamado, en esta época de decadencia de la socialdemocracia. Me lo imagino dedicado a estudiar salidas a problemas como las contradicciones de la globalización, la corrupción, el crecimiento de las desigualdades y la pobreza, los recortes en la sanidad, los populismos, la reforma pendiente de la Constitución, el conflicto en Cataluña o la amenaza del yihadismo. Estaría organizando debates en la universidad y en foros cívicos, promoviendo trabajos de investigación, escribiendo reflexiones con conocimiento y aportando rigor y pedagogía en las tertulias -lo que ahora falta- sobre las causas y posibles soluciones para cada conflicto.

 

 

Odón Elorza / Diputado Socialista por Gipuzkoa

San Sebastián 21 de noviembre de 2016

Publicado en El Diario Vasco

Odón Elorza

Espacio de diálogo e interacción con el diputado socialista por Gipuzkoa.

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